Concha Pérez Collado: anarquista, miliciana en la Guerra Civil Española

Concha Pérez nace en Barcelona el 17 de octubre de 1915, en el barrio Les Corts; es la tercera de seis hermanos, hijos de dos madres diferentes. Su padre, Juan Pérez Güell, enviuda de su primera mujer por una tuberculosis (cuando Concha tenía apenas 2 años) y se vuelve a casar con la hermana de su ex mujer, Librada Collado.
Concha vive una infancia feliz. No asiste muy a menudo al colegio por las dificultades económicas de su familia, incapaz de hacer frente a la continuidad de gastos para la educación de los hijos, y a causa de su escaso empeño en los estudios.
Su padre es anarquista. Ni su primera ni su segunda mujer participan activamente en el movimiento libertario, pero hacen grandes sacrificios para sacar adelante a la familia en las épocas en las que Juan Pérez paga el precio de su militancia política en la prisión. Concha sobre todo recuerda los días de Librada, divididos en dos tiempos: el que pasaba en la fábrica, en un taller donde se trabajaba el vidrio, y entre las paredes del hogar. No se puede decir lo mismo sobre el padre y el hermano de Concha. Ellos también trabajaban como obreros, pero disponían del tiempo para militar políticamente y dedicarse a la lectura.
En 1931, con 16 años, Concha Pérez comienza su militancia en el movimiento libertario, cuando, recién proclamada la República, sin titubeos abandona el taller en el que trabajaba como operaria en la producción de sobres de papel y se suma a la masa de manifestantes.
A partir de este momento participará activamente a las actividades del Ateneo Libertario1 Faros2 hasta 1935, cuando entra en el Ateneo Agrupación Humanidad3, en el que se queda hasta el inicio de la guerra en 1936.
No será hasta la caída del régimen franquista en 1976, cuando volverá a asociarse al Ateneo Enciclopédico Popular, del que hoy en día sigue siendo socia.
La formación de Concha se debe a los ateneos, donde lee y debate con los compañeros los escritos de los grandes pensadores del movimiento anarquista y participa en varias actividades recreativas y culturales.
En 1931 trabaja como operaria en un taller de artes gráficas e ingresa como delegada en el comité de su sector dentro de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT)4. Sus mismos compañeros la eligen como sindicalista y es la única mujer que participa asiduamente en las reuniones. En 1932 entra en la Federación Anarquista Ibérica (FAI)5.
Los grupos libertarios son mayoritariamente masculinos: Concha se acostumbra desde el principio de su militancia a compartir los ideales y el tiempo libre con hombres. Aunque conoce el movimiento de Mujeres Libres6 no participa en él por falta de tiempo y porque ya se había adaptado a la dinámica de un colectivo formado mayoritariamente por hombres. Los compañeros militantes la conocen y la respetan, pero en caso de recibir actitudes machistas (frecuentes también en el movimiento libertario), Concha sabe cómo hacerles frente.
El movimiento anarquista discute y critica el modelo patriarcal de relación entre hombres y mujeres, y propone como alternativa el amor libre. Los métodos anticonceptivos de la época no son comparables a los de hoy en día y la misma Concha desarrolla en un primer momento aversión a las relaciones sexuales por el miedo a un embarazo indeseado. El amor libre es más un tema de debate que una realidad en las relaciones entre militantes del movimiento; las relaciones de pareja, aunque fuera del vínculo matrimonial, se mantienen bastante estables.
En 1933 Concha es detenida por llevar una pistola. La lleva escondida en el pecho para ayudar a un compañero de la FAI, propietario del arma, y que se encontraba junto a ella en un piquete delante de una fábrica. Pasa cinco meses en la cárcel modelo.
En 1935, a los 20 años, abandona la casa materna por divergencias con sus familiares, a quienes reclama una distribución más justa del trabajo doméstico entre los miembros del núcleo. Desempeñar la parte de tareas domésticas que corresponde a los hombres de casa, militantes y trabajadores al igual que ella, implica restar tiempo a su participación en el movimiento libertario. Por eso decide trasladarse a un piso cercano a la escuela racionalista “Eliseo Reclus”, gestionada por Félix Carrasquer7 y por sus hermanos. La misma Concha había obtenido el local para la escuela gracias a los contactos y a las numerosas amistades que tenía en el movimiento. Una vez empezadas la clases, Concha ayuda en las tareas de la secretaría de la escuela.
De 1935 a 1936 el grupo de la FAI en el que participa, bajo la influencia del pensamiento de Juan García Oliver8, advierte la inminencia y la necesidad de la revolución. Por eso Concha forma parte de unas acciones promovidas por el mismo García Oliver, con el objetivo de recibir adiestramiento militar en vista del levantamiento popular.
Desde el principio, Concha se da cuenta de la ineficacia de estas acciones: la policía tiene constancia de ellas, los explosivos que se utilizan han sido fabricados artesanalmente y son peligrosos, y las acciones son ejecutadas por jóvenes inexpertos en maniobras militares.
En marzo de 1936 Concha cambia de trabajo y encuentra empleo como operaria en una carpintería de madera. Su aspiración es ser representante sindical, pero no habrá tiempo para eso: el 17 de julio de 1936 una parte del Ejército guiada por el general Franco efectúa el golpe de Estado y estalla la Guerra Civil.
Días antes, Concha entra en el Comité Revolucionario del barrio de Les Corts. El Comité prepara en el bar “Los Federales" una especie de cuartel general y de enfermería: se construyen también las primeras barricadas y se equipan los camiones que se utilizarán para llegar a los campos de batalla.
En los primeros días de la guerra Concha participa en el asalto al cuartel de Pedralbes y en la toma de un convento de monjas. A principios de agosto del 36 se constituye un grupo armado con el nombre “Los Aguiluchos de Les Corts”. De los cien soldados voluntarios que lo componen, solo siete son mujeres, y entre ellas se encuentra Concha Pérez. El grupo se dirige hacia Caspe y en un segundo momento hacia La Zaida; aquí, después de algunos días haciendo turnos de vigilancia, llega la orden de atacar Belchite. Concha participa en una expedición de reconocimiento sin mucho éxito: no se identifica la posición del enemigo y además los milicianos se quedan expuestos a los tiroteos de los nacionales.
Concha en esta acción militar consigue ayudar a un compañero herido pidiendo ayuda y logrando salvarle la vida.
Después de esta acción, se queda otros meses en el frente, hasta recibir su primer permiso, que aprovecha para alistarse como trabajadora voluntaria en el Hospital de Maternidad de Barcelona. Seguidamente, regresa al frente de Almudévar, donde le encomiendan mantener turnos de guardia.
Consciente de la necesidad de mano de obra en las fábricas de Barcelona, decide volver a la ciudad, donde encuentra trabajo como obrera en una fábrica de producción de armamentos.
El 3 de mayo de 19379 se ofrece voluntaria para dar una ronda de reconocimiento en la zona de la Plaza de Cataluña. Le acompañan dos compañeros de la fábrica. En el intento de acercarse a la Plaza de Cataluña son emboscados por el bando enemigo y Concha acaba levemente herida. Por muchos años conservará un fragmento metálico en una pierna.
Después de los Hechos de Mayo, el entusiasmo por la revolución se va esfumando y los conflictos entre los partidos y los movimientos debilitan la resistencia antifascista. Concha, cansada por los ritmos frenéticos del trabajo en la fábrica de armamentos y la continua participación en las reuniones del Comité Revolucionario, decide pasar un breve período de reposo fuera de la ciudad en casa de unos conocidos. Vuelve a Barcelona, en una noche quema los documentos que habrían comprobado su militancia en el movimiento libertario; el 26 de diciembre de 1938 abandona la ciudad y se dirige con otros compañeros hacia el Norte. Cruzada la frontera, las autoridades franceses suben a los prófugos en un tren que los llevará hasta Liévin; nueve meses más tarde, poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, los refugiados son trasladados a Argelès.
Rosario, compañera y vieja amiga de Concha, es designada como responsable de las prófugas del campo, que llegará a acoger a 3.000 mujeres. Concha será su ayudante. Sus tareas estarán relacionadas con el reparto de víveres y bienes de primera necesidad. Los refugiados no pueden abandonar el campo y están vigilados por soldados senegaleses. Una noche, mientras Rosario entretiene a los soldados dándoles conversación, entra en el campo el compañero de Concha, Robles.
Después haber vivido una relación nacida de la militancia en el movimiento libertario y llevada adelante durante algunos años, la pareja opta por separarse. Concha aspira a una relación igualitaria, pero siente que con Robles debe ser ella la que cargue con el peso de las decisiones.
Pasan otros nueve meses y Concha abandona el campo gracias a una amiga de Marsella, Fifí. Por una temporada encuentra amparo en su casa, pero pronto decide pasar a vivir a un castillo equipado por la Embajada mexicana para la acogida de los refugiados. Aquí trabaja como enfermera voluntaria y conoce al médico del campo, un joven de Madrid, Isidoro Alonso, que será su nueva pareja.
Cuando los campos de refugiados son cerrados, ambos se dirigen hacia los Alpes franceses, donde Isidoro encuentra un empleo en una fábrica. En estos meses Concha queda embarazada y, al mismo tiempo, comprende que la relación no tendrá futuro y decide volver a España. Una de las causas de la separación de Isidoro es la diferencia ideológica: ella es anarquista y él socialista.
Se queda por un tiempo en Marsella en una casa-familia para refugiados y allí nacerá su único hijo, Ramón. Gracias a la ayuda de algunos amigos consigue cruzar la frontera de forma legal junto a su hijo, haciéndose pasar por una madre enferma. Concha vuelve a Barcelona en septiembre de 1942. Los primeros tiempos son difíciles: su familia ha perdido la casa en la que había vivido siempre. Su madre, sus hermanas y el pequeño Ramón viven en una sola habitación; su padre se quedará exiliado en Francia hasta el final de la dictadura.
El hambre aprieta a la familia. Concha toma la terrible, y necesaria, decisión de dejar a su hijo en acogida en el orfanato: tiene que volver a hacerse una vida y no tiene medios económicos suficientes para sustentar al niño. Después de un año de sacrificios, consigue alquilar una habitación y se separa de su madre y de sus hermanas. Una familia de origen judío para la que trabajaba como empleada doméstica le ayuda a demostrar ante las instituciones oficiales que cobra una renta adecuada para el sustento de su hijo, aunque en realidad no contaba con los ingresos necesarios. Recupera de esta manera la custodia de Ramón, que a la salida del orfanato manifiesta desnutrición y carencia afectivas.
En estos años Concha no es objeto de persecuciones políticas porque, según ella, nunca fue denunciada. El único control al que está sometida por unos meses es la obligación de firmar un registro en la comisaría de policía, donde fue fichada como refugiada en Francia que voluntariamente ha sido repatriada. Por precaución, ella y sus antiguos compañeros de militancia evitan saludarse: todos temían las posibles represalias del régimen.
Concha abandona su empleo con la familia judía y vuelve a trabajar en una fábrica, esta vez de cosméticos. Un día por casualidad vuelve a encontrarse con un antiguo compañero del Ateneo Faros, Maurici Palau, que había pasado cuatro años en prisión por combatir en el bando republicano durante la guerra. Al salir de la cárcel había encontrado un empleo en una fábrica metalúrgica. Después de este afortunado reencuentro, Concha y Maurici empiezan una relación que durará 30 años. Ambos estaban cansados del trabajo por cuenta ajena y deciden comprar un puesto en el mercado de San Antonio, en el barrio homónimo, y por algunos años se dedican a vender calzoncillos que hacían ellos mismos. Seguidamente venderán bisutería producida por unos amigos artesanos. En los años de la dictadura el puesto sirve como lugar de encuentro entre compañeros anarquistas. Por unos años Concha y Maurici comparten un piso muy grande en el barrio del Raval junto con otras familias, antes de quedarse como únicos arrendatarios del piso.
Después de la muerte de Franco, en diciembre de 1975, surgen las primeras asociaciones de vecinos y Concha participa en el comité organizativo de las actividades culturales del barrio del Raval. En 1976 se celebra una gran asamblea para volver a fundar los sindicatos de la CNT. Concha, junto con otros compañeros, constituye el sindicato de Comercio, que empezará sus actividades con 10 afiliados y que luego se aproximaría al centenar.
En 1997 forma parte de las fundadoras de la asociación “Mujeres del 36”. Patrocinada por el Ayuntamiento de Barcelona, reúne algunas mujeres que a lo largo de la Guerra Civil habían tomado parte en la ciudad en movimientos políticos y sociales de izquierdas. La asociación tiene como objetivo difundir las experiencias de estas militantes, a menudo olvidadas por la historia oficial. “Mujeres del 36” organiza conferencias y clases, sobre todo en los institutos, en las que las testigos de la Guerra Civil cuentan lo que ha sido su lucha para combatir el fascismo.
Las vivencias de Concha
Hace dos años, debido a un pequeño trabajo de investigación para el modulo de “Historia de la mujer” (segundo ciclo de Trabajo Social para la Universidad de Venecia), se me ocurrió tomar contacto con una anarquista que hubiera vivido en primera persona la Guerra Civil española. La librería “Rosa de Foc” de Barcelona me facilitó el encuentro con Concha Pérez. Reproduzco a continuación las partes más interesantes de la entrevista, realizada en Barcelona a lo largo de tres tardes en agosto 200610.

Nací el 17 de octubre de 1915. Tuve una infancia feliz: jugaba por la calle con los otros niños del barrio e iba a la escuela cuando había dinero para pagarla.
De todas modos hay que decir que nunca fui una gran estudiosa, pero sí una amante de la cultura.
Mi padre siempre estaba en la prisión. Y yo prácticamente crecí entre anarquistas. Me acuerdo que venían muchos anarquistas a la casa para hablar con mi padre. Hablaban de lo que pasaba en aquellos años y de los grandes ideales de transformación de la sociedad. (…)

¿En qué actividades participabas en el Ateneo?

¡Yo no me perdía ni una! Allí examinábamos los escritos de Marx, Bakunin, de los grandes autores del movimiento anarquista y socialista, los comparábamos y discutíamos las nuestras y sus ideas. Luego organizábamos espectáculos de teatro y de canto coral. Yo no era una “primadona” y no habría podido estar yo sola en el centro de atención, pero cuando había que hacer cosas en grupo... ¡entonces si que me ponía en marcha!
Tienes que entender que yo era una de las pocas mujeres que participaba en todas estas actividades. Recuerdo que estaba también la hermana de una amigo, pero ¡éramos muy pocas! Las otras, las pocas veces que salían era para ir a bailar la zarzuela. Además a las otras chicas del barrio sus padres les tenían prohibido frecuentarme: todos sabían quién era mi padre y lo que hacía yo y no querían que sus hijas fueran revolucionarias. Pero hay que decir que en 1936 ellos mismos de repente se definían revolucionaros. (…)
Se hicieron muchas cosas buenas durante la República, a partir del 1931, pero a nosotros libertarios la República no nos dio tanta libertad como esperábamos, me di cuenta muy pronto.
Los primeros días de mayo de 1931 hubo un encuentro en el que participaron Durruti11, Federica Montseny12, Germinal Esgleas13 y otros intelectuales del movimiento. En aquella asamblea se redactó un documento con las peticiones más importantes que tenían que encontrar una respuesta desde el gobierno central. Entre ellas estaba la de la bajada del precio de los alquileres, la CNT pedía el 50 por 100. De la asamblea subimos a los camiones rumbo al Ayuntamiento.
Conmigo estaba toda mi familia: mi madre, mi padre, mis hermanos.
Una vez llegados a la Plaza de Sant Jaume, donde se encuentra el Ayuntamiento de Barcelona, se escucharon unos disparos y la manifestación se disolvió. Naturalmente no se pudo dialogar con el gobierno.
Nos dimos cuenta que había que volver a reorganizar la lucha también a lo largo de la Republica porque había aún muchos logros por conseguir. (…)
Yo formaba parte de la asamblea del sindicato de Artes Gráficas y era una de las pocas mujeres. Me respetaban, y además eran los compañeros quienes habían decidido darme este encargo. Era muy difícil que las mujeres participaran, venían una vez o dos a las reuniones, a lo mejor con una queja muy concreta, pero después no eran constantes en la participación (…)
Del taller donde trabajaba me despidieron porque habían despedido a un compañero y yo como protesta no fui a trabajar. Al final, me hubieran vuelto a coger pero fui yo la que no quiso quedarse. Los compañeros del sindicato de la Madera estaban interesados en hacerme delegada sindical, entonces empecé a trabajar en una especie de cooperativa, pero que no había sido aún colectivizada. Lógicamente el papel de delegada sindical una tiene que ganárselo, entonces en un principio me limité a trabajar en la fábrica de maderas, ¡yo era la única mujer en la fábrica! Empecé en marzo de 1936, entonces como puedes imaginar no me quedé mucho tiempo porque se acercaron los hechos del julio de1936. (…)
¿En la casa?¡Pues en la casa seguía mi militancia! Mi hermano volvía a casa y tenia tiempo para leer. ¿Yo? ¡Nunca! Mi madre quería que yo aprendiera todo lo que estaba bien visto que una mujer hiciese: la limpieza, coser, etc. Yo no pensaba lo mismo.
Creía justo tener que cumplir con mi parte de trabajo doméstico... ¿pero además asumir la de mi padre y de mi hermano? Cada uno para mí tenía que hacer lo que le tocaba y punto. (…)
En mi permanencia en Tarrasa conocí a los cuatro hermanos Carrasquer. Fue muy importante este encuentro: ellos fueron entre los mayores autores de la Escuela Racionalista. (…)
En la escuela empezaron a apuntarse los niños, hijos de la clase obrera. Se les acostumbraba a ser autónomos: se reunían en asamblea y se les dejaba a ellos el dinero para la compra de material escolar, de manera que fueran independientes del maestro, y para acostumbrarles a la gestión de un dinero público. Naturalmente nosotros les ayudábamos. Por la noche la escuela se quedaba abierta para dar clases a los adultos. (…)
Al amanecer del día 18 de julio de 1936 nos informaron sobre el levantamiento de los militares en el cuartel de Pedralbes: ¡nos fuimos rápido hacia allá, sin pensarlo dos veces! Es que si lo pensábamos dos veces no habríamos ido... ¡en las condiciones en las que estábamos! Recogimos unos colchones y... ¿has visto la película “Tierra y Libertad”? En unos de aquellos camiones que se veían en una de las escenas estaba yo. (…)
Nos fuimos a atacar el cuartel con la pistola de mi padre y algunos fusiles... ¡solo unos locos como nosotros podían pensar que se podía atacar el cuartel con aquellas armas! (…)
Los militares que encontramos allí nos acompañaron a las sala de armas y ¡cogimos todo lo que pudimos! Lo mejor es que nos llevamos una gran cantidad de armas y ¡se nos olvidaron las municiones! Y cuando estábamos por llegar nos dimos cuenta de que nos faltaba todo aquello y tuvimos que regresar. (…)
Salimos hacia el frente, hacia Caspe, uno de los compañeros de la centuria quería que fuéramos a su pueblo para quemar la iglesia, entonces nos fuimos para allá y nos separamos de los demás, digamos definitivamente. Una vez llegados al pueblo nos fuimos a la iglesia y empezamos a juntar maderas para luego prenderle fuego, entonces llegaron unos vecinos y nos explicaron que lo que estábamos haciendo era muy peligroso: el fuego se habría podido extender a las casas más cercanas. Nos hicieron razonar y al final no la quemamos. De hecho, ¡no creo que hubiera tenido mucho sentido!
Cuando llegamos al frente nos dieron la orden de vigilar los principales puntos de acceso al pueblo. Hacíamos turnos de guardia. Los campesinos nos ayudaban muchísimo: nosotros les dejábamos un botella de aceite o unos paquetes de arroz y ellos nos traían unos platos de comida caliente. (…)
En Belchite participé en una expedición de reconocimiento: caminamos durante kilómetros por los campos de olivos que hay en aquella zona en busca del enemigo. (…)
Recorrimos muchos kilómetros en esta expedición sin encontrarnos de cara a cara con el enemigo, encontrábamos solo lo que se dejaban al pasar. De vez en cuando nos disparaban pero no conseguíamos localizarlos. Cuando empezaban a disparar me acuerdo que corríamos de un lado a otro para desorientarlos.
Hasta que, dado que no teníamos más municiones, nos dieron la orden de volver al campo.

Concha, ¿no tenías miedo?

Era tanto el entusiasmo de poder hacer algo y de poder defender lo que queríamos que del miedo... ¡te olvidabas! Yo no pensaba nunca que una de aquellas balas me hubiera podido matar... en serio que no lo imaginaba.

¿Pero habías tenido adiestramiento militar?

Bueno… nos habían enseñado algo… a disparar por ejemplo… aunque yo no he tenido nunca mucha fuerza y el retroceso del fusil me echaba para atrás. (…)
Con mi tercer permiso volví a Barcelona y mi hermano me propuso ir a trabajar a una fábrica que había sido reconvertida: antes de la guerra producía estuches y cajas de fármacos y a lo largo de la guerra se transformó en una fábrica de armamentos.
Aquí también mi intención era la de entrar en el comité de fábrica. Lógicamente, ¡no es que yo llegara y me adjudicara este papel! Se necesita tiempo... la personas te tiene que conocer, tener confianza en ti... ¡es todo un proceso!
En la fabrica éramos la mayoría mujeres y yo me quedé allí durante casi todo el tiempo restante de la guerra, es decir, desde el 1937 hasta diciembre de 1938.
En la fabrica teníamos grandes proyectos, queríamos organizar una guardería en el piso de arriba, que de hecho remodelamos con este objetivo, y teníamos la intención de comprar muchas otras máquinas para aumentar la producción.
En realidad no hubo el tiempo necesario para poner en marcha la guardería, pero sí que se hizo una buena inversión para aumentar la producción: toda la superficie de la nave, que era bastante grande, ¡conseguimos que fuera ocupada por maquinas! Aparte, distribuíamos alimentos a los obreros que trabajaban en la fábrica una vez por semana. (…)
Llegaron los Hechos de Mayo de 1937. (…)
Así que yo no llegué a ver lo que estaba pasando con los compañeros del POUM14 y de la CNT. Sé muy bien sin embargo lo que pasó, ¡se habló mucho de ello!
Los comunistas hicieron esto obedeciendo las órdenes que recibieron desde Moscú. Los comunistas desde aquel momento tuvieron siempre más fuerza por el apoyo que recibían de Moscú. Muchas veces pienso en un sindicato como Comisiones Obreras y ¡me da una rabia! El sitio que ocupan ellos (y te aseguro que trabajan bastante mal, con muchas jerarquías y escasa participación de los trabajadores) ¡lo debíamos de ocupar nosotros! Pero nosotros también cometimos muchos errores. Pero esta es otra historia… (…)
Me acuerdo que tres de los representantes del sindicato en 1929 o 1930 se fueron a Rusia porque a nosotros nos daba mucha esperanza el proceso de cambio que se estaba produciendo en aquel país. Pero los sindicalistas volvieron muy decepcionados y entendieron que en Rusia no había espacio para el ideal anarquista. Entre ellos estaba Pestaña15 que fue uno de los “treintistas”16 (…) porque treinta anarquistas firmaron un manifiesto que proponía la constitución del movimiento como partido. En aquel momento no los apoyé: no pensaba que fueran tiempos maduros para aquella decisión.

¿Qué opinas sobre la guerra?

Que es una monstruosidad. Lo que queríamos hacer era la revolución, no la guerra. Por ejemplo, lo que hacíamos a lo largo de la República: asaltar prisiones, cuarteles… claramente esto es solo un aspecto de la revolución. Las cosas se cambian de muchas maneras, con la persuasión, etc.
Para una revolución se necesitan estructuras como ateneos, sindicatos...
Y si además es necesario romper un par de cristales ,¡yo no lo veo tan mal!

Concha, ¿cuáles han sido las mujeres que más te han influido a lo largo de tu vida?

Bueno, Federica Montseny, Isadora Duncan17 que era una buenísima bailarina y era una mujer libre… ¡aunque su libertad se la podía permitir económicamente! Luego otras, como Lola Iturbe18, periodista y militante en el movimiento Mujeres Libres, y Soledad Gustavo19, madre de Federica Montseny…

¿Qué opinas de Federica Montseny?

Que hizo cosas muy importantes como ministra de la Sanidad: redactó la ley sobre el aborto, estableció financiación pública para ayudar a las prostitutas... fue una anarquista que entró en el gobierno pero que ha salido con la cabeza alta y con las manos limpias.

¿Nunca has participado en el movimiento de Mujeres Libres?

No, por dos razones. La primera es que ¡no tenía tiempo! ¡Ya me había involucrado en las cuatro ramas del movimiento libertario de la época! De verdad, ¡no creo que hubiera sido capaz de participar en un quinto movimiento!
Y la segunda... yo estaba acostumbrada a participar en grupos mayoritariamente masculinos y no tuve nunca problemas, al contrario, siempre he percibido el respecto de los compañeros hacia mí; algunas veces ha habido alguno que se ha atrevido a hacer algún comentario, pero yo siempre me he sabido defender. No he sentido la necesidad de apoyarme en un grupo específico de mujeres para llevar a cabo mi militancia.
Pero entiendo la necesidad que había de formarlo: era evidente que la mayoría de las mujeres no se sentían cómodas estando entre tantos hombres y no habían tenido experiencias anteriores en participación política. Si se hubieran sentido a gusto entre los hombres seguramente habría habido muchas más en todas las ramas del movimiento libertario.
Además, había que vencer toda una serie de costumbres machistas…

¿Ha habido momentos en tu vida en los que has sido discriminada por ser mujer?

Yo no me he sentido nunca discriminada. El machismo existe, no lo niego, pero yo siempre me he sabido defender.

Concha, en tus experiencias de convivencia con un compañero, ¿cómo se dividían las cargas del trabajo domestico? ¿Se dividía en partes iguales?

Sinceramente, ¡ no! A ver que te explique…
Con el primer compañero, Robles, ¡no he convivido nunca! ¡Así que en este caso evitamos el problema! Decidí dejarlo porque me habría gustado estar con alguien y tener la sensación de que las riendas de la relación las teníamos los dos, mientras con él ¡era yo la que decidía por los dos!
Luego, con el segundo… casi no vivimos juntos. Las causas de nuestra separación fueron otras, no estábamos hechos el uno para el otro y ¡mira que justo con él tuve un hijo!
Luego he estado con Palau, con él al principio compartíamos una casa con otras personas. De momento éramos tres o cuatro mujeres en la cocina, los hombres allí ¡ni querían entrar! Pero luego cuando vivíamos solos siempre tenía que hacerle notar que había responsabilidades que ¡siempre recaían sobre mí! Pero no peleamos nunca por eso. Y yo muchas veces me callaba porque, aunque me tenía que ocupar yo de la cocina y de las compras para la casa, no tuve nunca que llamar a un electricista, ¡ni a un fontanero, ni a un pintor!
Entre nosotros hubo la clásica división de las tareas domesticas... pero no puedo quejarme de otra cosa, dado que siempre existió entre nosotros respecto y cariño. Nunca ha sido uno de estos compañeros que son capaces de decir: “¡Cállate! ¿Tú qué sabes?” ¡Por favor! Uno así conmigo, ¡no hubiera tenido mucho futuro! Él hacia todo lo contrario: siempre preguntaba mi opinión y le daba mucha importancia. Ha querido mucho a mi hijo y ¡mira que no era suyo!
Para mí ha sido una persona muy importante, estuvimos juntos ¡30 años! Y ha sido una época muy feliz.
Cuando era más joven soñaba con vivir en una comuna anarquista con muchas personas, pero luego no ha sido posible; no obstante, puedo decir que he vivido una muy bonita experiencia de convivencia, y de verdad he sido más feliz estando con un compañero que sola.
Sara Moroni
Este artículo fue publicado por primera vez en Germinal. Revista de Estudios Libertarios núm.4 (octubre de 2007)
1.- Para una documentación más amplia sobre los ateneos libertarios véase el libro de Ferrán Aisa, La cultura anarquista a Catalunya (Barcelona 2006) p.202-210.
2.- Véase el artículo de Manel Aisa, “Faros. Pinceladas para un ateneo libertario”: Enciclopèdic 7 (2002).
3.- El Ateneo Agrupación Humanidad se fundó a mediados del 1935 a consecuencia del cierre del Ateneo Faros por la imposibilidad de seguir sus actividades en el local en que se ubicaba. Agrupación Humanidad se ubicará en el Pasaje Sagristà del barrio de Les Corts (en la actualidad forma parte del barrio de L’Eixample Esquerra). Cerrará al año siguiente de estallar la Guerra civil (fuente: Concha Pérez).
4.- Para profundizar en la historia de la Confederación Nacional de Trabajo en este período histórico: Julián Casanova, De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España, 1931-1939 (Crítica, Barcelona 1997).
5.- Para más información sobre la Federación Anarquista Ibérica: Juan Gómez Casas, Historia de la FAI (FAL et al., Madrid 2002).
6.- Mujeres Libres fue una organización anarquista de mujeres creada en 1937. Para más información consultar Martha A. Ackelsberg, Mujeres Libres. El anarquismo y la lucha por la emancipación de las mujeres (Virus, Barcelona 2000).
7.- Félix Carrasquer (1905-1993), revolucionario, pedagogo y escritor español. Sobre la experiencia de la escuela “Eliseo Reclus”, ver su libro Una experiencia de educación autogestionada: Escuela “Eliseo Reclús”Barcelona, años 1935-1936 (1981).
8.- Juan García Oliver (1901 Reus - 1980 Guadalajara, México) fue un significativo anarquista a principios del siglo XX en España. El eco de los pasos (Ruedo Ibérico, Barcelona 1995) es su autobiografía y también donde analiza el anarcosindicalismo "en la calle", "en el Comité de Milicias", "en el gobierno " y "en el exilio".
9.- Para profundizar, AA. VV., La guerra civil mes a mes, 13. Los sucesos de Barcelona (Mayo 1937), Grupo Unidad Editorial S.A., 2005; Fundación Andreu Nin, Los sucesos de mayo de 1937. Una revolución en la República, Pandora Libros, Barcelona 1988.
10.- Agradezco a Roberto Giulianelli: sin él no habría podido publicar este artículo. A Ulises Rivas por ayudarme con la traducción del texto al castellano. A Helena Vilardell y a José Alonso por la búsqueda de bibliografía sobre los personajes históricos citados. A la profesora Bruna Bianchi de la Universidad de Venecia por haberme apoyado en esta pequeña investigación. A Carmen, de la librería “Rosa de Foc” de Barcelona, por haberme presentado a Concha Pérez. A Concha Pérez por haberme donado su historia y su amistad.
11.- Buenaventura Durruti Dumange (León, 1896 - Madrid, 1936). Véase: Abel Paz, Durruti en la Revolución española (Laia, Barcelona 1986).
12.- Federica Montseny Mañé, (Madrid, 1905 - Toulouse, 1994). Para más información, ver sus memorias: Mis primeros cuarenta años (Plaza & Janés, Barcelona 1987) y el libro de Carmen Alcalde, Federica Montseny: palabra en rojo y negro (Argos-Vergara, Barcelona 1984).
13.- Germinal (José) Esgleas Jaume (Marruecos español, 1903 - Toulouse, 1981), anarcosindicalista y militante de la FAI.
14.- El Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) fue un partido marxista español de carácter revolucionario, fundado en 1935. Para más información véase: Ignacio Iglesias, Experiencias de la revolución española. El POUM, Trotski y la intervención soviética (Editorial Laertes y Fundación Andreu Nin).
15.- Ángel Pestaña (Ponferrada, 1886 - Barcelona, 1937) anarcosindicalista español, fue unas de las principales figuras de la CNT moderada. Sobre la experiencia de Pestaña en la URSS véase su Informe de mi estancia en la URSS (ZYX, Madrid 1968).
16.- Para más información: Eulalia Vega, El trentisme a Catalunya. Divergències ideològiques en la CNT (1930 – 1933) (Curial, Barcelona 1980).
17.- Isadora (Dora Angela) Duncan (San Francisco, 1878 - Niza, 1927) fue una bailarina estadounidense. Para más información sobre su vida, ver sus autobiografías Bailando en la oscuridad (JC, Madrid 2005) y Mi vida (Salvat, Barcelona 1995).
18.- Lola Iturbe (1902-1990), periodista, militante del movimiento Mujeres Libres. Véase: Antonia Fontanillas y Sonya Torres, Lola Iturbe. Vida e ideal de una luchadora anarquista (Virus, Barcelona 2006).
19.- Soledad Gustavo, pseudónimo de la maestra y escritora anarquista española Teresa Mañé Miravet (1865-1939)

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